It’s Chanel, bitch!

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Entre el cielo y la tierra: libre, ligero, puro, pleno. Migrando a un nuevo rumbo, volando hacia lo nuevo: hacia el verano, lo cálido, lo simple, lo natural. Volando bajo y volando alto. Siempre volando.

Evitando los spoilers en redes de la escenografía, esquivando en Instagram y TikTok todo tipo de contenido relacionado con el show, me dediqué a esperar con la tele prendida, mirando el countdown mientras leía mi nuevo libro del mes de octubre.

Se enciende el logo de Chanel y comienza la transmisión. Los invitados van llegando y haciendo un despliegue triunfal con todos los flashes enfocando sus outfits. Esta vez, los miraba con otros ojos; en esta ocasión, las colecciones y las prendas ya pasaron por mis manos y las inspeccioné al más mínimo detalle. Ahora todo es tangible y me emociona reconocer los ítems y las piezas, saber su composición, sus detalles, sus códigos, su background... todo lo que cada invitado tuvo el privilegio de llevar y lucir en esta noche tan especial.

Se prenden las luces y un paneo general va recorriendo el catwalk, mostrando la escenografía creada para este cierre de círculo de semejante director creativo. Se cumple un año de conversaciones imaginarias —y yo diría que no tanto— entre Matthieu y Gabrielle. Entre el cielo y la tierra, golondrinas volando libres, en busca de nuevos horizontes, migrando a la nueva aventura. Con el universo sobre ellas y, debajo, el agua, la flora y la naturaleza. Sobrevolando, observando, siendo testigos de las nuevas creaciones de esta Summer Season 2027.

Inaugura este tan esperado show un look blanco de transparencias, con capas y la protagonista indiscutida de la maison: «la camelia».

Trajes en todas sus formas y expresiones por doquier. El conjunto que Chanel siempre va a presumir. Botones joya y bordados que inundan las prendas; florecillas, golondrinas, nubes, rayos, una fantasía. Cada uno de estos detalles, junto con el tejido, hace que los looks cobren vida propia.

Ellos son los que llevan a las modelos.

La figura femenina indiscutida, remarcada en cinturas finas y elegantes, abrazadas por costuras y piezas rígidas que enmarcan y exageran la silueta, haciéndola aún más curvilínea y estilizada.

Escotes florecidos y cuellos que simulan pétalos de flores que trepan y caen con naturalidad. Ramos de flores gigantes plisadas recorren el cuello de las modelos simulando chokers, o convirtiéndose en los mismos cuellos de las blusas que llevan debajo de las chaquetas: el collar isabelino reinventado por Matthieu.

Chalecos de tweed, cadenas incorporadas en los galones que rockean prendas clásicas, pero también piezas con un dejo muy romántico. Simple, masculino pero muy femenino; esa dualidad con la que Coco Chanel siempre coqueteó y ejerció.

El tweed se despliega en un sinfín de configuraciones: desmembrado en una red de trama abierta o transformado sutilmente en estampa. A su vez, los tramados tejidos de punto y las aplicaciones de pedrería logran recrear con maestría el material insignia.

Cinturas bajas, muy bajas. Magnum cinturones. Golondrinas en cada detalle. Hombros extremadamente oversize. Bajos de vestidos minados de volantes que bailan en cada paso.

El bolso Timeless en una especie de goma, y otros de piel con la clásica cadena simulando un piercing o, por qué no, un reloj de bolsillo. Animal print reinventado en colores y trazos. Faldas hipnóticas con patrones y tajos que hacen que hablen mientras caminan; con un protagonismo absoluto en su frente, pero en su reverso también, gracias a una forrería que se deja ver casi queriendo pelear el puesto de papel principal.

Collares extra large.

Lazos.

Vestidos que vuelan al andar llevando el día y la noche, la luz y la oscuridad, el universo claro del sol y la penumbra misteriosa de la luna.

La melodía va fluctuando y te lleva flotando con los diseños que se suceden. Goosebumps: los violines y los instrumentos de cuerda hacen lo suyo para hacernos vivir una experiencia inmersiva y sensorial. Voces en off y sonidos de la naturaleza le dan el broche de oro al show. Parece un ball dance, hasta que comienzan a irrumpir sonidos electrónicos y se escucha la voz de la icónica pop star dosmilera: «It’s Britney, bitch!».

Ese giro magnífico también cambió la escena de las propuestas que venían pasando: más brillo, paillettes, malla metálica, un aire más descontracturado, rockero, colorido y disruptivo. Cambió la melodía y, así, el rumbo de las siluetas y los looks. Paralelamente, para sorpresa de nadie, los violines siguen conviviendo en sintonía; todo lo opuesto parece coexistir en el universo de Matthieu Blazy y Coco Chanel. Qué delicia entender eso y expresarlo: menos es más, más es más… ¡vale todo!

Fiesta de colores en el runway. Tonos que, al cerrar los ojos, me trasladan a la selva, a lo salvaje. Una paleta vibrante: amarillos, verdes, rojos, azules eléctricos. Separados y juntos, ¡MB no le teme a nada! ¡Qué explosión de color y de vida! ¡Gimme more!

La moda, el arte de Matthieu Blazy, migra a niveles y universos que desconocemos, pero que en su primer aniversario con Chanel vamos entendiendo un poco más; él no va a la deriva. Qué privilegio ser contemporáneos de su legado.

Elegancia, sofisticación, sensualidad, comodidad, distinción, espíritu atrevido, libre… todas las “Cocos” conviviendo en una misma colección, con el hilo conector de siempre pero con la impronta y la visión de MB.

La interpretación a la perfección de la mujer que queremos ser —en el momento en que queremos ser, como queremos ser— es extraordinaria.

El cierre de este evento magistral nos pone frente al inicio: apertura con un estilismo blanco y final con un look negro. Atravesando entre ellos dos toda la paleta cromática que podamos imaginar y remarcando la magia que tiene la dualidad de la luz y la oscuridad, de lo femenino y lo masculino.

«Gimme, gimme, gimme more!» «Take on me! Take me on!»

Me quedo con estas frases de estos hits que fueron tan main character como cada ítem de esta colección, subrayando que nada queda librado al azar cuando hablamos de Chanel.

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