La fama en la era Letterboxd

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Music, Fashion, Film.

Hay una ventana de tiempo durante el periodo estival en la que las personas parecen respirar más despacio. Se palpa en el viento una sensación de ligereza en el espíritu, y todas las preocupaciones que se habían ido acumulando en cuerpos cansados y llenos de achaques parecen liberarse. ¿Nos volvemos más divertidos? ¿Apreciamos más las cosas bellas? Nos gusta reír. Leemos desnudos en la playa, cenamos en el paseo marítimo. Nos queremos.

Pero todo eso ha de terminar.

El uno de septiembre arrugamos el gesto y miramos con miedo lo que parece una fotografía horrorosa.

Disfrutar de esa felicidad sería inverosímil sin ese miedo; si la incertidumbre ante el final del verano no fuese una realidad.

Contemplarse en un espejo y observar el terrible paso del tiempo. Las arrugas que se forman alrededor de mis ojos con cada año que pasa: el más terrible de los recordatorios de que nadie estará aquí para siempre. Con esa idea, Charli xcx cierra su nuevo álbum, Music, Fashion, Film. Siguiendo la estela de aquel Brat Summer de 2024, Charli nos trae una sucesión de ritmos acelerados que parecen mirar al pop con nostalgia. Lejos quedan las calles empapeladas con aquellos carteles de un verde tan icónico. Con este nuevo trabajo, Charli realiza una reinversión de lo que ella ha construido y busca responder a las dudas que ella misma levanta. Se asoma al vacío que provoca el éxito comercial de Brat para recordar que nunca nada es para siempre.

En un álbum centrado en la naturaleza ambivalente de las consecuencias de la fama, cabe destacar el tema «2007». La canción se construye en torno a TikTok y a cómo, en última instancia, la creación de reels y publicaciones en línea puede otorgar a cualquier creador —en cierto modo— un pequeño microcosmos de fama, aunque solo sea durante un breve periodo de tiempo, idea que se explorará a lo largo del trabajo, en especial en la canción final.

Allá por 2007, Beyoncé y Rihanna ocupaban los puestos uno y dos de la lista Billboard. Dos divas de aquel pop anterior a la crisis de 2008, capaz de arrebatarnos cualquier miedo al futuro. No había pasado ni una década desde el comienzo del nuevo milenio y la burbuja crecía y crecía. Íbamos a ser para siempre.

Pero la burbuja estalló.

Han pasado diecinueve años desde el verano de 2007 y definir el paradigma mundial como meramente «distinto» sería un análisis superficial.

Para comprender el álbum en su conjunto, se debe prestar especial atención a su último tema, «No One Lasts Forever», y, en particular, a quien participa en la canción: David Cronenberg.

No es una elección casual. La filmografía de Cronenberg regresa una y otra vez a la fragilidad del cuerpo, a su transformación hacia lo grotesco, a su deterioro y a la imposibilidad de separar la identidad de aquello que la materia termina imponiendo. Sus personajes enferman, mutan, se deforman; descubren que el cuerpo no es un refugio, sino una superficie vulnerable, expuesta al tiempo y a la desaparición.

El body horror nace de la mirada al desconocimiento. De la intersección entre el límite conocido y la desfamiliarización que pudieran provocar cuerpos no canónicos y realidades ajenas a lo que comprendemos como válidas.

Por eso su voz adquiere aquí una dimensión casi testamentaria.

Mientras Charli canta sobre los vertiginosos ascensos y descensos del ego asociado a la fama —esa certeza que oscila entre sentirse la peor persona de la habitación y saberse superior a todos los demás—, Cronenberg aparece como punto de referencia en el horizonte de sucesos. El director introduce una idea que desactiva cualquier fantasía de permanencia. Acaba con el ego de Charli y devuelve a la realidad al oyente. Es la voz de la razón tras veintinueve minutos de álbum. Cronenberg habla de artistas cuya obra ha sobrevivido durante miles de años, pero recuerda que ellos ya no pueden experimentarla. Están muertos. Se han ido. La inmortalidad del arte no es la inmortalidad del artista. Mucho menos de la fama que esta pudiera acarrear.

Y, sin embargo, su conclusión no es trágica.

«Oblivion is freedom».

El olvido como libertad. La desaparición como una forma de descanso frente a la obligación de permanecer o, desde otra perspectiva, como el miedo a ser olvidado a raíz de una lectura personalista de la realidad.

Quizá sea precisamente ahí donde el álbum encuentra su tensión más acertada. Charli nos deja claro que nunca antes había sido tan sencillo dejar una huella. Basta un solo clic y algo de suerte para empezar a formar parte de la eternidad digital. Sin embargo, existe una contraparte, un lado oscuro a ese deseo, y es que nunca había sido tan difícil aceptar que esa huella pudiera desaparecer. Publicamos para ser vistos, comentamos para ser reconocidos y construimos una identidad a través de aquello que consumimos. Ya no basta con haber visto una película. La experiencia ha de convertirse en capital cultural; hay que registrarla, puntuarla y convertir la visualización en una prueba pública de quiénes somos.

Letterboxd ha terminado por convertirse en uno de los escenarios más evidentes de esa transformación. La crítica cinematográfica se mezcla con la construcción de una personalidad digital. La película deja de ser únicamente una obra que interpretar y pasa a ser una oportunidad para proyectar una identidad: demostrar sensibilidad, conocimiento, ironía o pertenencia a una determinada comunidad cultural. No se trata solo de decir qué hemos pensado sobre una película, sino de conseguir que alguien piense algo sobre nosotros.

Las reseñas, entendidas como un espacio de reflexión, parecen haber cedido terreno a comentarios breves diseñados para circular. Una frase ingeniosa. Una ocurrencia. Un juego de palabras. La necesidad de ser graciosos antes que precisos. La película se convierte en el contexto de un chiste y el espectador, en su propio objeto de exhibición. No importa tanto qué nos ha hecho sentir una obra como encontrar la formulación capaz de acumular más reacciones. Hay que entrar en la gran rueda del «yo» digital, inflar ese ego al que alude Charli. Debemos ser ingeniosos, pero no demasiado o caeremos en la infame categoría de tryhard. Siempre posirónicos, eternamente graciosos.

En ese sentido, la voz de Cronenberg funciona como una interrupción. Frente a la urgencia de permanecer, recuerda que nadie permanece. Frente a la fantasía de que una obra puede salvarnos del olvido, insiste en que el artista no experimentará su propia posteridad. Frente a la necesidad de construir una identidad pública a partir de cada película, cada canción o cada comentario, propone una posibilidad que, en una primera escucha, pudiera parecer pesimista, pero que se debe agarrar con fuerza: desaparecer no es necesariamente una derrota.

Un día ya no estaremos y aquel ingenio fugaz no será sino una suerte de obituario digital.

Por eso el verano termina. Brat fue un buen álbum, pero Charli ha logrado desligarse de aquel verano.

Quizá por eso volvemos a mirar el espejo con miedo. Queremos dejar algo detrás porque sabemos que el tiempo continúa sin nosotros. Queremos ser recordados porque intuimos que, algún día, nadie nos recordará. Pero entre la obsesión por permanecer y la certeza de que todo termina, Cronenberg introduce una idea incómoda y, de algún modo, liberadora: no tenemos que ser eternos para haber existido.

El olvido también puede ser libertad.