He perdido la piel

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Un breve ensayo sobre el yo digital.

Cuando Dante Alighieri imaginó el infierno como un sistema ordenado en nuevecírculos, perfectamente jerarquizados, dejó fuera una posibilidad menor, más contemporánea y quizá, solo quizá, más cruel: la existencia de un décimo círculo. Uno sin fuego ni demonios. Uno donde el castigo no consiste en arder, sino en ser observado por siempre.

En ese territorio sin mapa, otros se apropian de tu historia, la recortan, la interpretan y la reducen. Tu identidad deja de pertenecerte para convertirse en un archivo abierto, una conversación ajena, una versión de ti mismo que ya no puedes controlar.

Los algoritmos ya no se limitan a sugerir canciones o calcular la ruta más rápida; han comenzado a organizar la vida social. En esta llamada revolución digital,la combinación de sensores omnipresentes y sistemas de inteligencia artificial capaces de vigilar, medir y corregir cada gesto funciona como un superyó actualizado,diseñado para el siglo XXI.

No alza la voz ni impone castigos explícitos. Observa, aprende y ajusta. Opera con la paciencia implacable de aquello que nunca parpadea.

Quienes disfrutamos de un acceso temprano y desatendido a Internet, hemos podido observar el devenir de este medio hacia una realidad difícil de comprender.Construimos un “yo” digital que ahora parece insuficiente, porque el algoritmointerviene en la definición de aquello que somos y aquello que dejamos de ser. Este punto resulta esencial para comprender la experiencia de una generación situada entre el final del mundo analógico y la consolidación de lo digital: una generación que no nació completamente dentro de Internet, pero que vio cómo Internet transformaba la manera de existir.

Legacy Russell habla precisamente de cómo el cuerpo físico; esa amalgama de huesos, órganos, músculos y piel es apenas una estructura mitológica con la que intentamos explicar la complejidad de la conciencia.

Un cuerpo para un alma.

Una conciencia para un cuerpo físico.

Un yo limitado. Un yo para el mundo.

Sin embargo, con la aparición de Internet como entidad, el cuerpo físico pasó aser apenas una secuencia de experiencias: algo tangible, pero también maleable. Una caja destinada a morir. Una piel destinada a envejecer. En Internet creamos avatares,inventamos usuarios, insultamos y stalkeamos desde identidades anónimas. Lo que somos dejó de estar limitado por una secuencia genética. Nuestro yo se disolvió en secuencias infinitas de ceros y unos.

Nuestra alma queda flotando en un ciberespacio; que ya no poseemos.

El problema radica, pues, en la evolución que ha sufrido este nuevo mundo que como exploradores y deidades fuimos construyendo poco a poco. Inventamos historias de terror que llegaron en cadenas infinitas de emails que debíamos reenviar para evitar una maldición, escribimos fanfics, creamos memes, leímos esas historias;compartimos esos memes e hicimos del nuevo mundo un lugar que nos pertenecía. Un lugar donde nuestras nuevas pieles eran por siempre nuestras, un espacio en el que estar vivo parecía infinito; porque al navegar por Internet, uno vive por siempre.

Pero no todo puede elevarse y elevarse sin fin. No podemos volar demasiado cerca del sol. Perderemos nuestras alas,si no lo hemos hecho ya.

En 2024, el diccionario Oxford, nombró “Brain rot” la palabra del año. La putrefacción mental provocada por la sobreexposición a contenido vacío y repetitivo se ha convertido en el diagnóstico cultural de una época. Pero quizá el problema ya no sea únicamente lo que consumimos, sino aquello que el algoritmo aprende a producir para nosotros. No es un intermediario neutro; se ha convertido en una fuerza que organiza la visibilidad, anticipa el deseo y moldea el propio flujo de lo que aparece.

Entre contenidos generados por inteligencia artificial y bots que multiplican una conversación sin origen; Internet corre el riesgo de convertirse en una maquinaria de repetición infinita acelerada hasta la enésima potencia por una serie de cálculos que tan solo fomentan la falta de elección. Lo que fue un mundo lleno de promesas, lo que fue nuestra piel sin piel, se ha convertido en la piedra de Sísifo del siglo XXI.

Una condena donde no solo hemos perdido el control sobre lo que vemos, sino también sobre el espacio mismo en el que construimos nuestra identidad.

¿Hemos llegado al límite? ¿Seguimos estando vivos? ¿Somos porque acaso lo acepta el algoritmo?

Quiero mirar sin miedo. Quiero creer que lo que soy no está marcado por una entidad superior que decide dejarme ver. La mano invisible que controla mi piel, mis órganos,mis huesos y mi alma digital.