Cuando era niña y pensaba en mí, soñaba con ser como soy ahora.
Esa niña aún me habla. Me habla cuando estoy cansada, cuando estoy dando todo de mí y cuando me pregunto cuánto tiempo más tendré que intentarlo antes de que las cosas salgan como me imagino.
A veces la llevo a mi lado y a veces sólo adentro.
Pero siempre está ahí para recordarme que siga caminando.
Que siga confiando.
Incluso cuando no sé exactamente hacia dónde voy.
Hace unos días escuché un podcast que decía que el ser yo era suficiente, para conseguir las cosas que deseo, mi autenticidad me vuelve magnética .
Y aunque lo escuché por la mañana, sentí ganas de escucharlo otra vez unas horas después mientras me vestía, cuando me paré frente a mi clóset y pensé:
“No tengo nada que ponerme”.
Lo curioso es que sí tenía ropa y mucha, la suficiente para llenar cajones, ocupar todos mis ganchos y doblar mis repisas.
Pero no encontraba nada que se sintiera como yo.
Y sé que para muchas personas la respuesta sería sencilla: necesitas comprar más básicos, hacer limpieza, buscar mas inspo.
Pero yo sabía que no iba por ahí.
Porque el problema nunca fue la ropa.
El problema era que ya no me reconocía en ella.
Y eso me dolía.
Porque siempre he amado la moda.
Desde niña jugaba a vestirme.
Le robaba ropa a mi mamá.
Combinaba cosas.
Me vestía e imaginaba versiones de mí que todavía no existían.
La moda siempre ha sido una de mis formas favoritas de imaginar mi vida.
Por eso me dolió tanto sentirme desconectada de ella.
Y entonces empecé a preguntarme por qué.
¿Por qué si era algo que siempre había amado ya no se sentía igual?
¿Por qué si tenía tanta ropa sentía que no tenía nada que ponerme?
Y pensé.
Durante mucho tiempo pensé que compraba ropa para mí.
Pero no siempre era verdad.
Muchas veces compraba ropa para ocasiones específicas
Para una cita.
Para un plan.
Para verme de cierta forma.
Para enseñar.
Para no enseñar.
Había veces que me vestía para conocer hombres.
Había otras veces que no.
Y muchas veces compraba algo, le mandaba una foto a mis amigas y esperaba su respuesta.
“¿Cuál te gusta más?”
Si les gustaba una, de pronto a mí también me gustaba más.
Y no tiene nada de malo escuchar opiniones.
Yo sigo haciéndolo.
Pero me di cuenta de que había pasado mucho tiempo sin preguntarme qué pensaba yo.
Qué me gustaba a mí.
Qué me hacía sentir cómoda.
Qué me hacía sentir yo.
Porque la verdad es que muchas veces compraba ropa pensando en quién me iba a ver usándola.
Pero no en como me iba yo a ver.
Creo que por eso dejé de reconocerme en mi clóset.
Porque estaba lleno de ropa para ocasiones, para planes, para personas y para versiones de mí que quería ser.
Pero muy poca ropa para mí, quien soy hoy.
Muy poca ropa elegida solamente porque sí.
Solamente porque me gustaba.
Y quizá por eso me paré frente a toda esa ropa sintiendo que no tenía nada que ponerme.
No porque no tuviera ropa suficiente.
Porque mi forma de habitar mi cuerpo esta cambiando.
Y llega un momento en el que tienes que volver a conocerte.
No creo que necesite ropa nueva.
Creo que necesito conocerme otra vez.
Preguntarme qué me gusta ahora.
Qué me emociona ahora.
Qué me hace sentir en casa dentro de mi propia piel.
Porque al menos para mí, vestirme nunca ha sido sólo elegir unas prendas.
Es una conversación conmigo misma.
Es preguntarme quién soy hoy.
Y honrar la versión de mí que existe en este momento, no la que existía hace dos años ni la que espero ser dentro de cinco.
Todavía hay días en los que me paro frente a mi clóset y no sé exactamente qué ponerme.
Todavía hay días en los que dudo si lo que elegí se ve bien.
Pero ahora, cuando eso pasa, intento escucharme a mí antes que a todos los demás.
Porque una prenda no cambia nuestra vida, pero sí puede ayudarnos a recordar quiénes somos.
Y recordar quiénes somos también es una forma de volver a casa.