Bajo los adoquines está la IA

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De un tiempo a esta parte, he escuchado a personas de procedencias y sensibilidades heterogéneas coincidir en una misma sentencia que parece marcar el comienzo de una conversación que siempre pierde potencia a medida que avanza: La IA nos va a matar a todos. La frase se ha convertido en una especie de baile que va más allá de lo rutinario, casi como hablar del tiempo; tanto que ha empezado a perder su capacidad de sorpresa y alarma. Sin embargo, hay algo en ella que merece nuestra atención; no tanto el matiz predictivo que contiene como la facilidad con la que hemos comenzado a imaginarla.

La inteligencia artificial se ha incorporado en nuestro repertorio de amenazas con una intimidad que puede llegar a resultar desconcertante. Hablamos de ella como si su desenlace estuviera escrito en las estrellas, como si la historia de nuestra relación con las máquinas avanzara inevitablemente hacia, en última instancia, un final catastrófico ante el cual no podemos hacer absolutamente nada más allá de ser observadores pasivos ante la comodidad de lo inevitable. Hemos logrado, antes de que cualquier posibilidad sea realidad, narrar el fin del mundo.

No es, sin embargo, la primera vez que la humanidad se enfrenta a la construcción de un relato del fin del mundo y se ve incapaz de enmarcarlo en etiquetas que resuenen en términos conocidos. Richard Landes recoge una anécdota de la tradición judía en la que un vigilante pasa su vida aguardando la llegada del Mesías. La relevancia del relato no reside tanto en la promesa de su llegada como en la forma en que esa espera termina organizando el presente del vigilante, que es consciente de que el acontecimiento nunca sucede y puede que nunca lo haga, pero la vigilia debe prevalecer por encima de todas las cosas y, en consecuencia, se ve abocado a una existencia determinada por un relato apocalíptico letárgico.

En mitocrítica, la escatología recoge todos aquellos mitos que pretenden explicar el fin del mundo, el destino final de la humanidad y los eventos que ocurren al final de los tiempos; a fin de cuentas, no hay mayor misterio que asumir - y comprender- el vacío más absoluto. Con todo, la escatología no consiste únicamente en imaginar un final, sino también en vivir bajo su expectativa, tal y como sucede en la anécdota de Landes.

Cuando uno está en el trabajo, debe mirar a los ojos de la persona que trae a colación la sentencia sobre la IA. Puede que, haciendo un esfuerzo, alcancemos a distinguir, entre el tedio de las conversaciones banales, algo de pavor. No deja de resultar paradójico que ese temor se dirija hacia una tecnología cuyo funcionamiento más elemental podemos describirlo en términos de probabilidad. ChatGPT, por ejemplo, genera sus respuestas mediante modelos entrenados para identificar patrones en enormes cantidades de datos y calcular qué secuencias de palabras resultan más probables en un contexto determinado. Detrás de esa aparente sencillez en la que uno se refugia cada vez que dice: “voy a preguntar a Chatty”, opera una arquitectura de redes neuronales cuyas conexiones y parámetros hacen posible producir respuestas que, en ocasiones, confundimos con una comprensión semejante a la nuestra. La inquietud nace precisamente en la distancia que crece cada vez más entre la relativa simpleza con la que describimos el mecanismo y la dificultad de comprender plenamente sus resultados, sus límites y sus posibles consecuencias; es ahí donde surge la necesidad de un relato.

Si la IA nos va a matar a todos o no es algo irrelevante cuando nos enfrentamos como sociedad, y como individuos aislados, al desconocimiento. La IA, visualizada como un concepto abstracto en el horizonte, permite la construcción de un relato plausible en un momento histórico de ebullición permanente. La crisis climática, la crisis de la vivienda, la crisis sanitaria, la crisis alimentaria; la guerra, el miedo, la muerte y el genocidio. Hay una realidad imperante ahí fuera que nos parece incomprensible. La idea del estado del bienestar en el mundo occidental acomodado, dejó de tener sentido mucho tiempo atrás. Cuando salimos a la calle nos enfrentamos, precisamente, a esa intranquilidad que cuesta articular con etiquetas que nos resulten familiares.

Ahí es donde el mito vuelve a aparecer. No lo hace como una explicación falsa de la realidad, sino como una suerte de narración de lo inteligible. Allí donde no alcanzamos a comprender las fuerzas que determinan nuestro presente, construimos relatos que las ordenan, les atribuyen un sentido y proyectan sus consecuencias hasta un final más o menos catastrófico. Un mito no necesita predecir el futuro para cumplir su función, pues basta con que nos permita imaginarlo.

La máquina no tiene todavía que destruirnos, pero decir que lo hará es más que suficiente. Antes de saber qué será capaz de hacer, ya le hemos concedido un papel dentro de una historia que conocemos bien. La IA es la creación que escapa de su creador, la criatura que adquiere autonomía, la herramienta que termina por volverse contra quien la construyó. Hemos sustituido al demiurgo por los modelos generativos y el fuego que tanto hemos anhelado, por el código.