La Serie

Felicity, una de las nuestras, 1998–2002

Creada por: J.J. Abrams y Matt Reeves

Keri Russell como Felicity Porter en la serie Felicity

Hay series que ves y olvidas. Y luego están las que, de alguna manera, se quedan a vivir contigo.

Felicity fue una de esas.

La vimos cuando éramos demasiado jóvenes para entender muchas de las cosas que estaban pasando, pero suficientemente mayores para sentirlas. Felicity quería a Ben, Noel quería a Felicity, todos tomaban decisiones bastante cuestionables y nosotros estábamos convencidos de que aquello tenía muchísimo sentido.

Quizá porque nosotros tampoco teníamos ni idea de lo que estábamos haciendo.

Felicity tenía algo que hoy resulta difícil de encontrar: parecía una persona real. Se equivocaba, cambiaba de opinión, se obsesionaba, sufría por cosas que después parecían pequeñas y hacía otras que, vistas desde hoy, nos dan un poco de vergüenza ajena.

Pero entonces la entendíamos.

Y estaba Nueva York. Los dormitorios de la universidad, las fiestas, los cafés, las conversaciones eternas, las noches en las que parecía que cualquier cosa podía pasar. Una vida que desde nuestra habitación parecía enorme.

También estaba su pelo. Cuando Felicity se lo cortó, fue casi como si hubiera cambiado de persona. Nos sorprendió, nos molestó, nos dio que hablar. Hoy puede parecer absurdo, pero en ese entonces importaba.

Porque ella estaba cambiando.

Y nosotros también.

Quizá por eso Felicity sigue teniendo un lugar especial. No porque fuera la serie perfecta. Ni porque todo haya envejecido bien.

Sino porque formó parte de una época en la que todavía estábamos descubriendo quiénes éramos.

Y algunas series no vuelven realmente cuando las vuelves a ver.

Vuelves tú.