ANALÓGICO PURO

CANARIO

El sol, bajo y lento

La fotografía analógica se posa sobre el océano canario como una memoria tibia. El sol, bajo y lento, tiñe el agua de un amarillo cálido, casi dorado, que no brilla: envuelve. No hay estridencia en la luz; solo una presencia constante que se funde con la sal y el movimiento suave del mar.

En la primera imagen, el agua parece inmóvil. El reflejo del sol se extiende como una mancha líquida, imperfecta, viva. El grano de la película acentúa la textura: el océano no es una superficie, es un cuerpo. El amarillo no es color, es temperatura. Se siente en la piel, incluso antes de tocarla.

Fotografía: Claudia Tamara
Fotografía: Claudia Tamara

La segunda fotografía no repite: continúa. El reflejo se fragmenta, el agua se agita levemente y la luz se rompe en pequeños destellos que recuerdan que el tiempo avanza, aunque lo haga sin prisa. La analogía entre ambas imágenes no es narrativa, es emocional. Lo que cambia no es el sol, es la forma en la que el mar lo recibe.

El océano canario tiene esa cualidad única: absorbe la luz y la devuelve con una calma mineral. Aquí, el amarillo no habla de exceso ni de un verano evidente. Habla de permanencia. De una belleza que no necesita afirmarse.

La secuencia funciona como un gesto íntimo. Dos fotografías que no buscan explicar el paisaje, sino escucharlo. La elección del analógico refuerza esa escucha: el error, el grano, la ligera imperfección cromática hacen que la imagen respire, que no sea inmediata, que pida tiempo.